Jacques-Louis David, La muerte de Marat (1793); óleo sobre tela, 1,65×1,28 m. Bruselas, Musées Royaux des Beaux-Arts.

Esta obra representa el fallecimiento de Jean-Paul Marat en 1793, personaje que, durante la Revolución Francesa, cambió su profesión de médico por la de activista, periodista y político. Marat nunca tomó parte oficialmente por alguna de las facciones de la Revolución, aunque se le supone partidario de los jacobinos. Desde L’Ami du peuple, periódico que regentaba, condenó a varios grupos e informó de supuestas deslealtades en las esferas del poder, a quienes llamaba «enemigos del pueblo». Tales declaraciones le ganaron el sobrenombre de La ira del pueblo. Fue amado por los sectores más humildes de la sociedad  y odiado por los aristócratas y burgueses. Debido a su agresiva campaña contra el Marqués de La Fayette, tuvo que huir a Londres de donde regresó para atacar a muchos de los ciudadanos más poderosos de Francia. Temiendo las represalias, Marat se vio forzado a esconderse en las catacumbas de París, donde contrajo una enfermedad crónica de la piel. Para combatir los picores que esta enfermedad le producía, Marat buscó consuelo en los baños frío. Sobre el baño, Marat improvisaba una pequeña oficina con un pupitre para escribir listas de personas que debían ser ejecutadas por crímenes contra el estado, tal y como se representa en la escena que nos ocupa.

Fue en este escenario donde Marat encontraría la muerte, ya que el 13 de julio de 1793, fue apuñalado por Charlotte Corday,  partidaria de la facción girondina. Ésta había salido de Normandía con dirección a París obsesionada con la idea de asesinar al hombre a quien ella percibía como una «bestia«, para así «salvar a Francia«. Con la excusa de confesarle nombres de traidores, Charlotte consiguió entrar en la casa de Marat con un cuchillo escondido entre sus ropas. Descubierta poco después de ejecutar a Marat, Charlotte fue guillotinada.

Patricia Beleña, de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), realizó un corto para el Festival La Fila de Valladolid que escenifica la muerte de Marat y donde destaca el gran parecido existente entre el cuadro original objeto de este post y la imagen final del protagonista en la pieza audiovisual.  Este corto fue premiado en Visualia, un certamen de cortometrajes con sede en Brunete en la categoría para la UFV de «Mejor director novel».

La noticia del asesinato de Marat corrió rápido por París y David fue propuesto para pintar el lienzo que glorificara a su colega como un mártir de la Revolución, como él mismo afirmó, «écrivant pour le bonheur du peuple» («escribiendo por el bien del pueblo»). El autor, que había visitado al difunto tan sólo un día antes de su asesinato, esbozó el cadávez antes de ser levantado y sobre éste realizó la pintura, añadiendo a posteriori algunos elementos que lo dotaban de mayor teatralidad.

Marat es representado en el justo instante de su muerte. Su herida apenas ha sangrado aún y no muestra evidencia alguna de los problemas cutáneos que sufría y que le obligaban a sumergirse en la bañera: la idealización del personaje es más que evidente.

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El brazo con el que estaba escribiendo ha caído pesadamente al suelo y la cabeza se desplaza hacia atrás. Los labios entreabiertos expiran el último suspiro mientras su rostro pasa suavemente del dolor a la paz. En la mano izquierda sostiene aún el papel con el que Charlotte se introdujo en su apartamento. Allí se puede leer: «13 de Julio de 1793. De Marie Anne Charlotte Corday al ciudadano Marat: la terrible desgracia que tengo me da derecho a pedir vuestra amabilidad…».

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En oposición a ese papelito traicionero, en la mesa improvisada en un cajón -un auténtico trompe-l’oeil en las nervaduras de la madera, los nuedos, los agujeros de los clavos…- se puede leer el último despacho que había resuelto Marat: «dispondréis esta asignación para esa madre de cinco hijos cuyo marido murió en defensa de la patria…». Todo ello son aún viejas maneras de la pintura del Iluminismo (Hogarth) de determinar el lugar del hecho mediante una serie de presencias testimoniales.

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No obstante esta metódica reconstrucción de la víctima es considerada como una «terrible bella mentira». Muchos personajes, a pesar de no estar representados, estaban presentes en la escena, entre ellos, la asesina, Charlotte Corday.

La glorificación de Marat es por su parte, observada en diversos elementos, como la bañera en la que se sumergía para suavizar el dolor y desde dónde escribía sus mensajes al pueblo; como afirma Argan, esta tina habla de la virtud del tribuno que domina el sufrimiento en cumplimiento del deber; la caja de madera mal barnizada, que hace de mesa, habla de la pobreza, de la integridad del político; el último despacho que había resuelto Marat («dispondréis esta asignación para esa madre de cinco hijos cuyo marido murió en defensa de la patria…«) habla de la generosidad del hombre, que contrasta con la falsa súplica de Corday. El cuchillo y la pluma, el arma del asesino y el arma del tribuno.

En contraposición a todo esto, la otra mitad del cuadro, la mitad superior, se halla totalmente vacía, en un agobiante silencio y frío. Una sombra clara asciende en diagonal evocando la huida de la vida del cuerpo agonizante. De la presencia tangible de las cosas se pasa a su desolada usencia, de la realidad a la nada, del ser a no ser, según Giulio Carlo Argan.

Este mismo autor ha analizado con detenimiento la obra y ha puesto de relieve el perfecto equilibrio entre lineas horizontales y verticales, siendo en la zona intermedia en la que muere Marat. La disposición de los elementos es tan sobria como la de un cuadro religioso. Toda la estructura se basa en verticales y horizontales.

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Esta obra ha sido relacionada con la tradicional interpretación de la muerte de Cristo; con la Pietà de Miguel Ángel y especialmente con El enterramiento de Cristo (1602-1604) de Caravaggio. David pintó y colocó paralelamente al plano del retrato, como una lápida clásica, e inscribió sobre ella las palabras (en francés): «A Marat, David, año segundo». El tratamiendo sepulcral del rostro y el cuerpo muestra una sorprendente habilidad para el empaste en el manejo de la carne, y el fondo aparece como un trabajo de entretejimiento de pequeñas y enlazadas pinceladas que lo dotan de una vibrante textura, que da sentido al consejo dado por David a sus estudiantes.